
Raúl Arcos
Estamos acostumbrados a que nuestra vida discurra por un campo minado. A veces, ella y yo, logramos olvidar que el peligro nos rodea, fingimos normalidad y, por momentos, nos envolvemos en una delgada capa de entereza. Pero, en realidad, vivimos en un estado de zozobra, bajo la continua tensión de estar alertas.
En general, es ella la que, a escondidas, sitúa los explosivos. Los extrae de las zonas oscuras que guarda en su interior, de antiguos páramos en los que aún arden las hogueras. Rara vez, ella me habla de esos sitios que la retraen a los recuerdos de una infancia triste, a su madre que podía cobijarla en un arranque de ternura y, al minuto siguiente, repudiarla. Desde entonces, ella aprendió a habitar en la inminencia del peligro, a sobrevivir a sus daños, a curarse, ella sola, las heridas.
Pero ahora, la vida es un remolino y en el centro, ella y yo, hemos fundado una pareja.
Es en los momentos en que la tensión crece entre nosotros cuando ella suele hurgar en su interior para activar alguna de las bombas. Todo ocurre en un instante. Ella cierra los ojos y, como al descuido, lanza un comentario hiriente, una de esas ofensas que antecede a la explosión. Luego, da un paso atrás y espera ansiosa el estallido. Mientras tanto, ya advertidos, nos miramos, nos provocamos, nos empujamos al borde y nos estremecemos ante la posibilidad de que, esta vez sí, lograremos la destrucción de la pareja.
Por otra parte, los dos sabemos que hay explosivos cuyo propósito no es otro que aturdir. Nos valemos de ellos para no escucharnos, para no vernos, para distraernos de los malestares que se ahondan con la diaria convivencia. Pero, en el arsenal también hay otras bombas, las que están ahí para hacer cortes profundos, amputaciones, heridas que jamás cesan de arder. Son los despojos de sueños, de proyectos personales que no fuimos capaces de combinar con nuestros esfuerzos en común por apuntalar a la pareja. Escúchame bien. Te necesito junto a mí. ¿O acaso, deseas romper la relación? Tú eliges, solía lanzarme a manera de ultimátum.
Entretanto, seguimos aquí. Heridos. Mutilados. Juntos.
Por su parte, yo sé que ella también padece por la sombra de las pérdidas. Lo noto cuando, de vez en vez, hago un recuento de lo que pudo haber sido, pero que nunca sucedió. Entonces, ella agacha la cabeza y, por un segundo, alcanzo a percibir su incomodidad. La veo mirar hacia otro lado y siento su prisa por callarme, por alejarse de mí y de mis palabras.
Con el tiempo, la tensión constante y el estruendo de las explosiones nos han aletargado. Estamos semi sordos. Percibimos poco. Vivimos apagados.
Así, subsistimos rozando la amenaza, tentándola, aguardando el momento de la detonación última, aquella que nos borrará a ambos o, con suerte, a sólo uno de los dos.
Por lo pronto, nos miramos, nos reconocemos sabiendo lo mucho que nos gusta creer que, en el fondo, a pesar de todo, la llama del amor sigue encendida.
