El primer día

Foto por LA CANA. LA CANA es un proyecto social que busca crear oportunidades de trabajo para mujeres en prisión, mediante la implementación de programas y talleres.

Jaina Pereyra


Norma asegura que ella no debió haber nacido y se ríe. Le pregunto por qué y me dice que porque su papá le disparó tres veces a su mamá cuando estaba embarazada. A los trece años se la robó un muchacho y se la llevó a vivir a Michoacán. A los catorce los casaron. A los dieciséis se escapó porque la golpeaba mucho. Ese mismo año se fue a vivir con otro muchacho con el que tuvo dos hijos. También se separó de él. También la golpeaba.

Pasaron muchos años antes de que Norma conociera la libertad, o libertinaje dice ella. Se enredó con otro hombre que la golpeaba, pero muy de vez en cuando. Luego, se congraciaba con ella llevándola a dar vueltas a las pirámides frente a la alcaldía de Neza. Ahí comían helado y se juraban amor eterno. A éste sí lo amaba. Se llamaba Ramón. A Norma le gustaba pensar que Dios le había mandado a este hombre para compensarla por todo el sufrimiento. Pensaba que la señal inequívoca era que sus nombres tenían las mismas letras, pero desacomodadas.

Norma no sabía en qué trabajaba Ramón. Cada cierto número de semanas, llegaba con un fajo de billetes de quinientos, los escondía en el armario y la invitaba a dar una vuelta más nutrida. A veces aparecía, además, con un vestido o unos aretes que le hacía ponerse para ir a cenar. Norma disfrutaba mucho el apapacho, sobre todo cuando la llevaba a bailar.

Una noche, casi en la madrugada, sonó el teléfono de Ramón. “¿Cómo vergas pasó eso?”, dijo a medio despertar. “Sí, aquí estoy, vente”. A la media hora aparecieron dos hombres y una muchachita en una camioneta cara. Traían a una muchacha en la cajuela. Se veía enferma. Estaba muerta. Ramón prometió que regresaría. No dio más explicaciones. Norma se quedó esperándolo, pero no tenía el valor de marcarle al celular. En el fondo sabía que podrían meterse en más problemas.

Cuando unos días después apareció la patrulla, Norma sabía qué buscaban. “Yo no hice nada”, repetía. Se repetía. Pero sabía, era cierto: ella sabía.

Después, todo pasó muy rápido. A Ramón se le acusaba de ser el líder de una banda de secuestradores y ella, dijeron, era su cómplice. “No”, insistía ella, convencida de que nadie le creía. “No”, murmuraba, pensando que sí, que tal vez ella también era culpable por no haberle hecho caso a sus sospechas. Porque sí, tal vez ella sabía.

Todo pasó muy rápido. En el reclusorio, la encueraron, le dieron ropa vieja y unos zapatos que no le quedaban. Todo pasó muy rápido. Una compañera le prestó un brassiere que tampoco le quedó. La envolvieron en una cobija y la golpearon. Ella no lloró. O no se acuerda. Porque todo pasó muy rápido.

Al día siguiente despertó con moretones en todo el cuerpo. Le dolían, pero tal vez sentía que se lo merecías. Eran cuatro mujeres en su celda. Todas tejían. Luego se enteraría de que lo hacían para ganar dinero, con el que tenían que comprar todo. En la cárcel tienes que comprar desde pasta de dientes hasta ropa. Unas galletas. Un café caliente. Una cobija.

A las seis de la mañana, las llevaron a pasar lista. Todas vestidas color canela, como cafés lecheros gigantes en procesión. Todas de pelo largo y amarrado en un chongo, con ojos de curiosidad posados sobre Norma. Todas preguntándole sin preguntarle qué había hecho, por qué estaba ahí. Uniformadas. Parecían fotocopias. Todas con cara de enojo, de tristeza, de amenaza. Con esas miradas que se han enseñado a mirar sin cruzarse. Ése fue el primer día de los siguientes cuarenta años.

Hace una semana, diecisiete años después de ese primer día, el hijo de Norma también salió de la cárcel. Me lo cuenta orgullosa mientras encuentra el siguiente pretexto para reír con desparpajo. Ramón salió a los pocos meses de ese primer día. Sus amigos amenazaron al juez. No ha ido a visitar a Norma. Ella dice que le está agradecida a Dios. A final de cuentas, dice, estamos platicando y riendo porque Dios la puso ahí.

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