El obsequio

Dibujo por Marie Laure Gas.

Ricardo Cuéllar E.


Antes me gustaba escribir cuentos. Lo digo a oscuras, cuchillo en mano y mirando a la calle por un resquicio que permiten las persianas.

Solía partir de la oficina a las cinco en punto —ni un minuto más— y recorría siempre las doce cuadras hasta mi casa, imaginando los andamios de un nuevo cuento o concretando en dónde se incrustaría la bala que había quedado a medio vuelo la noche anterior. Al llegar descolgaba el teléfono, me instalaba en el escritorio de la sala y ennegrecía cuadernos hasta que el viejo reloj de pared campanaba las diez. Todo cabía en esas horas de ermitaña felicidad: asesinos exquisitos versados en sustancias mortíferas, llaves perezosas que odiaban abrir puertas, mascotas que nunca morían. Todo. Hasta el día fatídico en que visité esa tienda de antigüedades.

Fue hace unos meses, un sábado por la mañana. Deambulaba por el centro de la ciudad buscando refrescar la mente y tomar un poco de sol. A medio recorrido, mientras esperaba a que el semáforo me diera el paso, sentí la curiosidad imantada por una puerta diminuta y un letrero de otra época. Entré. Un viejo alto, como hecho de bambú, con unos ojos enormes y hundidos, me recibió con un gesto mínimo de cortesía, invitándome desde su mecedora a explorar las repisas y las vitrinas abarrotadas de objetos añejos. Mientras vagaba entre fonógrafos, aves disecadas, fotos amarillentas, el viejo me miraba como un búho sin dejar de mecerse, y de vez en cuando parloteaba con una voz salida como de un pozo algún detalle acerca del objeto frente a mis ojos: esa lámpara, qué belleza, si viera usted cómo me hice de ella; a esa Remington la salvé de seguir escribiendo banalidades; ese violín, ¿cómo decirlo?, lo han tocado manos insuperables en el arte de hacer lo suyo… Luego intercalaba preguntas sobre mí, a las que yo respondía distraído. No sé cuánto pasé metido en aquella tienda de techos altos y olor a humedad, pero fue el tiempo suficiente para alterar mis deseos de compra: a pesar de que había entrado con la intención de no gastar un peso, a media visita sentí la necesidad de partir con algo en el bolsillo. No dudé cuando vi una hermosa pluma en la vitrina del mostrador. Una vieja pluma fuente con cuerpo de metal y una trama perfecta en negro sobre el fondo argentado. ¿Le gusta?, dijo el viejo, y se paró de la silla sin dejar de mirarme con sus ojos profundos. Yo asentí. Esa pluma sabe mucho, dijo mientras la sacaba de la vitrina con un cuidado casi médico. No sé por qué, pero me cayó usted bien; se la regalo si me promete que la va a usar. Soy escritor, respondí orgulloso, asumiéndome por primera vez en ese Olimpo anhelado. El viejo sonrió y la envolvió en un trozo de tela.

Caminé a casa más entusiasmado que sorprendido, repasando los hitos del cuento que escribiría ese mismo día con aquel obsequio: una historia breve acerca de un cuervo que cantaba bonito. Llegado a casa, desenvolví la pluma y la examiné sin prisa. Era pesada y ancha. Olía a tinta seca y dejaba una sensación tibia en los dedos, a pesar de su naturaleza metálica. Llené de tinta el cartucho y la probé garabateando en la primera hoja que encontré. Sin duda, era la mejor pluma que había tenido entre las manos: se deslizaba sin discordia sobre el papel, como un patinador sobre el hielo recién pulido.

Por la tarde, me instalé en la sala en cuanto el péndulo del viejo reloj de pared engranó las seis en punto. Cuando me disponía a escribir la primera palabra, noté con extrañeza que la idea del cuervo cantor ya no me parecía atractiva: se había convertido en una bobería intrascendente. Con cierta molestia, hojeé algunos libros buscando alternativas. Para mi fortuna, pronto se abrió otra vereda: recordé la tienda de antigüedades y recorrí en mi mente los pasillos repletos de objetos. Imaginaría la historia de una daga herrumbrosa que descansaba en una de las vitrinas. Normalmente, antes de comenzar un cuento tengo muy claro cómo armar el rompecabezas. Pero esa vez no. Sin más, comencé a escribir. Las palabras salían como un torrente y en menos de una hora tenía una historia terminada en la que el viejo de la tienda, notablemente más joven y cubierto con harapos, asaltaba a un tipo elegante en una calle empedrada e iluminada apenas por una bombilla de aceite. Le cerraba el paso, forcejeaban y, al final, la víctima era asesinada por su propia daga.  

Tardé semanas en volver a escribir. Por alguna extraña razón, parecía que el árbol de las ideas se había deshojado. A diferencia de la fluidez de otros momentos, ahora me costaba bosquejar historias y cada vez que, luego de mucho cavilar, daba con algo digno y me instalaba en la sala, pluma fuente en mano para iniciar la escritura, mi mente era absorbida por algún objeto de la tienda. Entonces, la nueva idea ondeaba en mi cabeza con una claridad absoluta y mi mano se lanzaba sin titubeos a relatar, por ejemplo, cómo el viejo de ojos hundidos, ahora de unos cuarenta años, robaba un violín después de ahorcar a una hermosa concertista, en una madrugada de velas, amor y muerte. Los cambios de rumbo eran inevitables, y siempre aparecía el mismo viejo de ojos hundidos, así fuera como un pillo recién inaugurado o como un criminal curtido, para robar el objeto y asesinar al dueño. Envenenaba con cianuro; ahogaba en bañeras; acuchillaba de frente y mirando a los ojos. Luego huía con el botín bajo el brazo y acababa el cuento.

Pasé tardes enteras elucubrando sobre las causas. Incluso intenté sustituir la pluma metálica sin mayor resultado que la insuperable hoja en blanco. Así que, un buen día, perturbado por mi situación, decidí abandonar la escritura. Hasta hoy. A las ocho en punto, cuando escuché las campanas del antiguo reloj de la sala, sentí una pulsión ardiente por sentarme a escribir. Abrí el cuaderno, tomé la pluma metálica y comencé el cuento como una avalancha. Todo iniciaba cuando el viejo de ojos hundidos cerraba su tienda y se marchaba. A paso lento, anduvo calles enteras apoyando su cuerpo largo en un bastón. Caminó y dobló esquinas en lugares que me eran conocidos. Por mi parte, sobre la recta final del cuento sentí que el pulso se me aceleraba tanto que las letras se volvieron los rastros de un baile tembloroso: el viejo seguía su marcha, daba vuelta en mi calle, tocaba el timbre de mi casa. Sin poder parar, me describí vestido tal y como estoy ahora, abriéndole la puerta a ese viejo espigado que me saludaba con una sonrisa perdida antes de tajarme el cuello con el filo preciso de un estilete. Luego, el viejo entraba a la casa esquivando mi cuerpo, envolvía en un lienzo el antiguo reloj de la sala justo después de que marcara la media noche y partía con él. Ahí terminaba el cuento.

Son las once cincuenta y cinco. Y en la calle hay una sombra lenta alargándose hacia mi puerta.

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