
Jorge Ramírez Guillemín
La tristeza hablaba al otro lado de la línea.
— Se trata de papá —dijo
— ¿Qué le ocurre? ¿Es grave? — respondí.
— ¿Grave? No, pero creo que debes verlo, hermano. No tardes, por favor.
Ese fue el comienzo de un viaje que nunca quise hacer.
Desde hace unos meses, el tema de la salud de mis padres — cercanos a los noventa años — ocupa cada vez más tiempo dentro de las conversaciones familiares. Supongo que, con la acumulación de los años, esta preocupación se vuelve común en las familias. Debo confesar que hablar de ello siempre me intranquiliza.
Mi padre, oriundo de Hidalgo, es alto como el oyamel. Apasionado de la minería, siempre ha sido resistente y tosco: un hombre que guardó las pasiones para su mujer, los silencios para sus hijos y las caricias para los nietos.
El primer día de visita, todo es emoción. Las impresiones se arremolinan y yo pienso en ese punto donde el río se une al mar. Al abrazar a mi padre, siento su cuerpo agitarse con esa alegría que había quedado interrumpida desde mi última visita. Cuando lo sostengo entre mis brazos me es más evidente su fragilidad, el pago de la factura de vivir. Pero también noto que su mirada y su sonrisa continúan brindándome su luz.
El niño que vive en mí se reconforta con su contacto.
Más tarde, al hablar con él, tengo la impresión de que el tiempo sopla impune dentro de la mente de mi padre y el muy cabrón la desordena. Cuando menos lo esperamos, aquel hombre de manos grandes y cabello encrespado parece recibir un impulso eléctrico y otra realidad llega a su mente. Imágenes del pasado se entrelazan con un presente cada vez más pálido. Preocupaciones guardadas bajo la alfombra vuelven para desorientar, para angustiarlo. Él se da cuenta de que algo no está bien. Se inquieta y no atina a separar los fantasmas antiguos de aquellos que también habitan su presente. Nos duele a todos y yo sé que a él también le duele.
Cuando la memoria de papá se conecta con esa otra realidad, las sonrisas se apagan, se entrecruzan las miradas y el peso de un dolor indefinido se nos estaciona en el pecho. Cuestionar a papá en su confusión hace inevitable que surja el enojo y el reclamo. Enojo con quien lo cuida, reclamo a quien cuestiona esa realidad que él vive en su interior. Emputa reconocer que es tan solo el principio de un camino que, guste o no, tendremos que recorrer sin posibilidad de marcha atrás, a pesar de los medicamentos, sin nada capaz de frenar el demoledor paso del tiempo.
La emoción que me regaló mi padre cuando, al despedirme, le dibujé una cruz en la frente me acompañó durante el largo viaje a casa. Ignoro por qué hice ese gesto, pero él entendió que era mi manera de decirle que lo quiero. Una silente demostración de afecto.
El peso de los recuerdos y la mezcla de emociones hicieron que el viaje de regreso me resultara agotador. Al llegar a casa tuve que guardar en el armario mi miedo a la orfandad, ese traje gris que cada día pesa más en mi conciencia.
Semanas más tarde, mi teléfono suena. Reconozco el número. El miedo me detiene hasta que el timbre deja de sonar. Lloro. Yo sé que él lo entenderá. No volveré a viajar.

Maravilloso Guillemin,maravilloso.
Un abrazo
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