Reflejos

Juan Pablo Estrada Michel


Me abordó el pánico. Oí las gotas rompiendo el cielo, rompiendo el aire. Las recuerdo estallando contra los cristales de unas ventanas que, de no ser dobles, también se tronarían. Miedo por la espalda. A tientas, acerté a prender la luz de pasillo. Llegué al cuarto de baño, a ese lavabo verde que remata en un espejo de pared. Un poco de agua en la cara para refrescar la piel y la barba ya cubierta de canas que hacía tiempo quería cortar, pero no logré juntar ánimos para hacerlo. Los años pasan y dejan huellas. Las personas pasan y dejan cicatrices. Teresa vino y también se fue.

Empecé a llorar una mezcla de nostalgia y dolor por su recuerdo. En el instante rojo en que un grupo de lágrimas invadió los globos venosos y humedeció mis párpados, pensé que debería poder verla de nuevo. Así podría clavarle los ojos y reclamarle cara a cara lo que me hizo. Quería desquitarme. Grité un insulto al aire. Un berrinche más.

Me sentí torpe, estúpido, otra vez. Me odié tanto que, al verme reflejado en el espejo, tiré un puñetazo. Luego otro. Uno más. Golpes sordos que nadie escuchó. El espejo cedió y de mis nudillos brotó el ardor en forma de sangre. Gotas carmín inundaron el ambiente y luego cayeron, como la lluvia que aún sonaba pegando fuerte sobre el domo, en el suelo y en los pedazos del espejo por igual. Traté de reaccionar. Me calmé para levantar mis aparentes pedazos multiplicados por el piso. Con la mano derecha herida levanté un filoso trozo del espejo que creí destruido. Con la palma izquierda froté la superficie del pedazo de azogue. Ahí, entre los futuros coágulos y las líneas que manchaban mi reflejo, apareció Teresa.

Aún no sé por qué no tiré los pedazos que tenía en las manos. Ni a eso me atreví. Quedé congelado cuando Teresa me vio haciendo ese gesto humillante. Una cara preparada para ofender, la mirada sucia de tintes grises y azules, y su sonrisa torcida. ¡Maldita! Me enfoqué en sus lunares, dispuesto a morderlos hasta arrancarlos. Pero entonces abrió la boca. Como un demonio infantil, sacó la lengua con desprecio. Burlándose de nuevo, arremedando mi llanto, hizo un movimiento gutural y escupió toda su ira por los mismos labios que hace meses me habían dicho “te quiero”.

Vi el salivazo proyectarse hacia mis ojos. Su gargajo rebasó mis pestañas rendidas. Sin pensarlo, en un acto reflejo, llevé mis manos a los ojos. Sí, las mismas que aún sostenían el trozo del espejo entre dedos lastimados. Un brillo intenso acompañó el movimiento y una punzada quemante abrió la membrana púrpura. Un segundo después comencé a escuchar la hiriente risa de Teresa por doquier.

Desde entonces recuerdo la escena cada vez que se respira que puede llover. Y cuando caen las gotas la risa aguda regresa, como un eco, desde el fondo de la oscuridad en que vivo a partir de que Teresa escupió. Esa lluvia que desde hace tiempo confundo con mis lágrimas y con la sangre que ese día tributé.

Justo ahora tengo miedo porque anuncian que en breve lloverá. Temo que Teresa aparezca, aunque yo no la vea. Pero esta vez he decidido adelantarme. La oigo reír en la memoria y pienso en el líquido que ha de correr. Sé que esta vez será, por fin, sólo agua cristalina.


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