Papá ha muerto

Jorge Ramírez Guillemín


Treinta de septiembre de dos mil veintitrés. Papá está muriendo.

El viernes por la noche,  ante el pronóstico que no sobreviva al fin de semana, se decidió que el tramo final de su existencia transcurra en su casa.  Se ha tenido que alquilar una cama de hospital y conectarlo a un tanque de oxígeno. 

El cuerpo consumido que yace en el lecho no se asemeja al de mi padre.  En su rostro la piel se ha vuelto más delgada.  Su cabello, cejas y bigote, se visten de blanco y acentúan su palidez.  Los adultos que hoy lloran como niños encuentran seguridad y soporte en sus manos, manos que se resisten a perder tamaño y fortaleza.

Respirar le cuesta trabajo.  Por momentos, abre sus ojos, gesticula, balbucea alguna palabra y agotado, vuelve a dormir.  No hay intérprete confiable de su mensaje.  Cada uno de los presentes oímos lo que nuestro corazón quiere escuchar.  En los rostros solo coinciden lágrimas y tristeza.  Miradas hacia el cielo buscando consuelo sin encontrarlo.

Uno a uno, nos acercamos a su oído izquierdo, el que aún le funciona, el más cercano al corazón.  Lo tomamos de la mano y, entre lágrimas, le susurramos nuestro amor.  Breves, concisos, conmovidos.  Pensar que nos ha escuchado brinda paz.  Besamos su rostro y nos retiramos. Sin tiempo para el egoísmo, dejamos el lugar a alguien más.

En el otro lado de la cama no hay rotación.  Es el espacio que ocupa mamá.  Sentada en una silla junto a su lecho, solloza.  Acaricia su mano como cuando eran novios.  Se escapan setenta y tres años juntos.   Ella lo sabe.  Aflicción y miedo conviven en su mirada.  Declara su amor una vez más y antes de desmayar, posa su cabeza donde el brazo de papá la recibe.  Como hizo tantas noches, como ya no volverá a ser.  Es el dolor encerrado en la frase “hasta que la muerte los separe”.  Es la soledad de quien sobrevive.

Salgo de la habitación.   Un movimiento de cabeza se lo hace saber a mi esposa.  Aunque el dolor se transita mejor a su lado, necesito mi soledad para despedirme de él.  Diana me comprende y asiente. Ella permanece, posa su mano en la espalda de mi madre.  Un suspiro indica que la caricia es bien recibida.  Un cálido rayo de sol previo a la tormenta que se avecina.

Afuera, en la sala, el silencio llena el espacio.  Morena, la perra que alguna vez recogí y que vive en casa de mis padres, se acerca.  No se le permite entrar a la habitación donde mi papá se encuentra.  Cabizbaja, se acerca hasta posarse junto a mí y como tantas veces lo hiciera con mi padre, en silencio, brinda su compañía mientras compartimos el dolor de la inminente partida.  No se aparta mientras mis lágrimas humedecen su pelo entrecano.  El arribo de mi esposa me indica que llegó el momento de volver.  Con el corazón vacío y tensión en el estómago, me aferro a su mano y nos encaminamos a la habitación. Morena queda en la sala.  Da unos pasos hacia la alfombra y se deja caer para formar un ovillo en el se abraza con su tristeza.

En la habitación, llegó el momento para papá de asistir a la cita que nadie puede evitar y a la que todos llegaremos.  En el instante que su corazón dejó de latir, algo en nuestra infancia se quebró.  Murió quien fue padre, suegro y abuelo. Unos segundos más tarde, el dolor de la muerte del esposo se hizo presente con la fuerza de una ola rompiendo sobre la arena.  Las lágrimas en nuestros ojos fueron los ángeles que anunciaron a mi madre la noticia.  La angustia y desesperación en su mirada son devastadores.  Su dolor se desborda.  Lo llama, le reclama y, mientras lo acaricia, le suplica que no la deje.  En aquella habitación, ella es una isla que experimenta una tormenta que arrasa y le desgarra el corazón. El desconsuelo que significa el fin de una vida compartida.  El inicio no solicitado de una existencia en solitario.

Treinta de septiembre de dos mil veintitrés. 

Diecinueve cuarenta y cinco horas.

Papá ha muerto.

La imagen de una vieja fotografía familiar viene a mi mente.  En ella, mi padre y mis hermanos están en el prado delantero de la casa haciendo una pirámide.  Los brazos y piernas de papá son el apoyo del que se sostienen.  A pesar del esfuerzo que le significa, él sonríe.

Papá ha muerto, su sonrisa y apoyo, viven en mí.  Descanse en paz.

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